31.1.06

En el taller mecánico

Prohibido:

Hacerle la rosca al jefe.
Beber vodka con naranja.
Tener un gato por mascota.
Darse besos de tornillo.
Perder aceite.

30.1.06

Lunes, lluvia

Espero tener suficiente espacio en mis bolsillos. Esta semana necesitaré un montón de paciencia y ya no sé dónde más meterla. ¿A alguien le sobran fuerzas? Pago bien.

27.1.06

Perros y gatos

El viento empezó a soplar cada vez más fuerte. Al principio la gente se empeñaba en sujetarse el sombrero para que no saliera volando, pero enseguida se preocuparon por encontrar algo a lo que agarrarse. El viento soplaba más y más fuerte. Los que se habían agarrado a una farola no tardaron demasiado en cansarse y salir volando como una bandera mal izada. Los que aguantaban asidos a las ramas de un árbol tampoco tuvieron mejor suerte: el árbol cedió y partieron todos juntos hacia el cielo. Tampoco servía esconderse dentro de casa, aquel viento abría puertas y ventanas y se lo llevaba todo por delante. Y después, hacia arriba, en espiral, cada vez más y más alto. Hombres, mujeres, niños, niñas, perros, gatos, dando todos vueltas y vueltas sobre la ciudad. Arriba, arriba, cada vez más alto.

Fue en una de esos locos giros cuando se vieron por primera vez. Ella giraba boca abajo, a él el viento lo había dejado sin camisa. Sus miradas se cruzaron con una expresión de pánico. Lo mismo la segunda vez, un poco más arriba. Pero después pasó algo. Empezaron a buscarse en medio de aquel caos de piernas y gritos y brazos. No coincidieron más hasta pasadas unas cuantas vueltas, un poco más arriba. Y estiraron los brazos. No llegaron por muy poco. Unas cuantas vueltas más. Y al fin sus dedos se encontraron. Él tiró de ella hacia abajo y pudieron fundirse en un abrazo. No se conocían de nada, ni había tiempo para las presentaciones. Se besaron. Cada vez más arriba, cada vez más alto.

No fueron los únicos. Hombres, mujeres, niños, niñas, perros, gatos, todos se las habían apañado para encontrar a su par, para abrazarse por última vez antes de una muerte que creían segura. Y entonces dejaron de subir. Poco a poco, el viento los fue bajando de nuevo a tierra. Tocar el suelo fue como despertar de un sueño. Se deshicieron los abrazos, se acabaron los besos. Se vieron de nuevo como completos extraños. Bajaron ruborizados la vista, se dijeron buenos días y siguieron cada uno su camino, sin entender muy bien lo que acababa de ocurrir, pero conscientes de que acababan de ser testigos de una señal.

25.1.06

A menudo me harto de mí misma,
aborrezco mis debilidades,
borraría de un plumazo mis defectos
o lo daría todo por ser otra,
aunque afortunadamente se me pasa al poco rato.

24.1.06

El olor

La primera en darse cuenta fue la hija del farmacéutico. Acababa de llegar al bar del pueblo cuando metió la cabeza debajo de la mesa y se miró la suela de los zapatos. Entonces le preguntó a su novio Oye, ¿tú has pisado algo? Segundos después, como si fuera un dominó, todos los que estaban en el bar empezaron a mirarse los zapatos. No, nadie había pisado nada. Salieron a la plaza, donde ya empezaba a congregarse un número cada vez mayor de personas. Un niño arrancó a llorar. Algunas mujeres se taparon la nariz con un pañuelo. Los hombres se miraban extrañados.

Al día siguiente, el alcalde convocó una asamblea extraordinaria en el ayuntamiento a la que asistió todo el mundo. Con las puertas y ventanas bien cerradas, ni siquiera el montón de varillas de incienso surtía efecto. La noche anterior casi nadie había podido pegar ojo. Los más viejos dijeron que aquello no podía sino ser obra del demonio. Un intenso olor a mierda de perro, que casi hacía llorar los ojos, se había adueñado del pueblo.

Un mes después, la imagen de familias cargando todas sus cosas en un carro y partiendo con prisas hacia otro lugar se había vuelto habitual. Los pocos que quedaban en el pueblo ya ni se molestaban en hacer fiestas de despedida. Aquel maldito olor lo impedía todo. Sólo al loco del pueblo parecía darle igual. El diablo nos cagó, el diablo nos cagó, se oía a todas horas en la desierta plaza del pueblo mientras el tarado del hijo del herrero bailaba y saltaba sin parar alrededor de la fuente.

23.1.06

Pretérito pluscuamperfecto

No entiendo por qué me criticas diciendo que "vivo en el pasado". Yo allí me encuentro muy cómodo, recordando las cosas a mi gusto. Además, ya me explicarás dónde vives tú; en el presente es imposible. Si no me crees, haremos una prueba:
¿Preparado?
¿Listo?
¡YA!
¿Lo ves? Imposible quedarse ahí quieto más de un segundo...

19.1.06

El refranero

J: No sabes cómo odio que cada dos por tres me sueltes un refrán.
R: A palabras necias, oídos sordos.
J: ¿Lo ves? ¿Es que no sabes decir nada más?
R: A buen entendedor pocas palabras bastan.
J: Como vuelvas a hacerlo te suelto un tortazo.
R: ...
J: Así me gusta, bien calladito.
R: En boca cerrada no entran... ¡Ay!
J: Te lo dije. Y como dirías tú, quien avisa no es traidor.

18.1.06

Amor de madre

Tras dos horas de doloroso parto, Belinda creyó que estaba siendo víctima de una broma. Una de muy mal gusto. En lugar de un sonrosado bebé, la enfermera le puso entre los brazos, preceptivamente envuelta en una pequeña manta, una empanadilla. Cuentan que los gritos se oyeron en el último piso del hospital. Los médicos no tuvieron más remedio que sedarla y ponerla a dormir.

Cuando despertó de vuelta en su habitación, Belinda deseó que todo aquello no hubiera sido más que una horrible pesadilla. Se llevó las manos a la tripa, pero ni rastro de su embarazo. Giró entonces la cabeza y allí estaba, durmiendo feliz dentro de su cuna. Una media luna perfecta. Una empanadilla. La pobre Belinda perdió el conocimiento.

Días después el médico le comentó que, aunque extraordinario, su caso no era único. Había documentado por lo menos un caso más, una mujer argentina que años atrás había dado a luz un alfajor. Belinda creyó enloquecer. Agarró la empanadilla y a punto estuvo de tirársela al médico a la cabeza. Pero no lo hizo. Como si de una ostra se tratara, la empanadilla había abierto su boca y le estaba chupando el pulgar.

–Mírela –dijo Belinda sin dar crédito–, parece que tiene hambre.

17.1.06

Cómo hacer menos dolorosa una despedida

Si no hay más remedio, si uno no puede evitarlo, existe una manera de hacer menos dolorosas las despedidas. Basta con, cinco minutos antes del último adiós, meterse en una ducha y quedarse bien quieto debajo del chorro de agua fría. Aguantar al máximo cinco minutos como mínimo, sin preocuparse cuando la piel adquiera un sospechoso tono azul. A continuación, y con el cuerpo aún húmedo y tiritando de frío, proceder al inevitable abrazo. Nuestro cuerpo no sentirá nada, será como abrazarse a un trozo de corcho. Este abrazo no puede durar mucho –30 segundos a lo sumo–, ya que si no corremos el riesgo de recuperar el pulso y sentir esa calidez que tanto echaremos de menos a partir de ahora. Y ya está. Cuando nos quedemos solos, una botella de buen escocés servirá para volver a entrar en calor y, ya de paso, aliviar los efectos psicológicos del adiós.

16.1.06

Geografía rotunda

Ciertamente, la posibilidad de que algún día llegue a perderme entre tus brazos, subir tus montañas a lametazos o –esto ya sería demasiado– adentrarme en tus humedales es, más que remota, ridícula. Pero no por ello dejo de sentirme como un explorador que disfruta preparando al detalle su próximo gran viaje, dibujando mapas y trazando rutas aun sabiendo que cuando al final el avión lo deje caer en medio de la selva su equipo se perderá por el camino y restará él solo frente a tu salvaje naturaleza.

13.1.06

Aviso para los que no se gustan en las fotografías:

Las cámaras no engañan, los espejos sí.

La falta de fotogenia es una excusa para acomplejados.

12.1.06

Al trabajo

Ahora mismo siento mi cabeza como un enorme y asqueroso globo lleno de mocos.
Mi nariz como un viejo y oxidado grifo mal cerrado.
Mi lengua como un sucio estropajo.
Mi garganta como un nido de avispas furiosas.
..
Puto invierno.
Puto constipado.

11.1.06

Matar el tiempo

Acabo de volver del cementerio. En principio iba a enterrar todas esas horas que pasé sin hacer nada de provecho, pero luego lo he pensado mejor y he pedido que me las quemaran. Las tengo aquí al lado, un montón de cenizas dentro de una urna. Pienso hacerme un reloj de arena (mejor dicho, un reloj de ceniza) con ellas. Así seré consciente de que matar el tiempo es una estúpida forma de ir muriendo.

10.1.06

El lado amable de la tecnología

Gracias a los teléfonos con manos libres, los locos que hablan solos por la calle pasan ahora desapercibidos.

9.1.06

¿Hola?

¿Hay alguien aquí?
Vaya, parece que el señorito aún no ha llegado. Mejor, así me da tiempo a limpiar esto un poco. Hay que ver la de mierda que se puede llegar a acumular sobre un teclado. Y encima como al señorito le da por fumar mientras escribe no veas la de ceniza que hay por todos lados. Ni que el ratón tuviera caspa, oye. Así, muy bien,

q w e r t y u i o p
a s d f g h j k l ñ
z x c v b n m

ni una mota de polvo sobre las teclas.
Espera, me parece que oigo algo. Ya está aquí. El señorito ha llegado. Mejor me largo.
....
¡Juanitaaaaa! ¿Dónde coño has dejado mi libreta?